La guerra invisible

Foto de José Vicente Jiménez vía Flickr

“¿Cuánto pesa este vaso de agua?”, preguntó una psicóloga mientras lo mostraba al público en una charla de gestión de estrés. Las respuestas variaban, pero la psicóloga sorprendió al afirmar: “El peso no importa, depende de cuánto tiempo se sostenga el vaso. Durante un minuto, no hay problema; si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo; si lo sostengo un día, mi brazo se entumecerá y paralizará”. Y concluyó: “Las preocupaciones son como el vaso de agua. Si piensas en ellas un rato, no pasa nada. Si piensas más, empiezan a doler... ¡Suelta el vaso!”. José Iribas

Ahora, Kim Payne es pedagogo en la escuela pública estadounidense, pero no siempre fue así. En sus primeros años trabajó como profesor voluntario en campos de refugiados. Allí tuvo que tratar muchos casos de ESTRÉS POSTRAUMÁTICO INFANTIL. Nerviosismo, angustia, malestar o hipervigilancia son algunos de los síntomas que aparecen tras la exposición a una situación de tensión extrema. Todos aquellos casos tenían el trasfondo de un conflicto bélico. Para Payne la sorpresa llegó cuando, años después, empezó a encontrarse síntomas similares en muchos de sus alumnos americanos, ¿qué les estaba ocurriendo? Vivían en un país en paz y, sin embargo, sufrían como si estuvieran inmersos en una guerra.

En su búsqueda de respuestas, Payne constató que la infancia moderna genera un gran estrés: la carga de responsabilidades académicas, las altas expectativas de sus padres, la falta de tiempo para jugar libremente… Físicamente tienen la seguridad que echaban en falta los niños del campo de refugiados, pero el estilo de vida al que tienen que adaptarse puede desencadenar una especie de «guerra invisible» de consecuencias nefastas para un cerebro infantil.

Hay una curiosidad científica, cuya veracidad no quisiera comprobar, pero que puede servir para comprender cómo hemos llegado a esta situación casi sin enterarnos. Cuenta que cuando se echa una rana en un recipiente con agua hirviendo, la rana salta del recipiente con todas sus fuerzas. Sin embargo, cuando la ponemos a temperatura ambiente y se va incrementando el calor progresivamente, la rana no escapa y acaba muriendo cocida.

Payne sostiene que la educación se ha ido recargando poco a poco hasta llegar al punto de ebullición. Demasiadas cosas, demasiada información, demasiada velocidad. A través de un sencillo experimento, demostró que la solución puede estar en la SIMPLIFICACIÓN. Después de analizar el estilo de vida de alumnos diagnosticados con THDA, Payne cambió sus rutinas y les dio la oportunidad de vivir una infancia real. Para sorpresa de muchos padres que desconfiaban de tan peculiar tratamiento, el 68% de aquellos niños dejó de encajar en la categoría diagnóstica del THDA y el 37% mejoró sus resultados académicos.

4 comentarios

  1. Así o más claro, las cosas son sencillas y reconfortantes, cuando lo simple es lo más importante, gracias por este espacio de lectura...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Alonso, gracias por tu comentario, que me anima a seguir con este proyecto. Saludos!

      Eliminar
  2. Hola, me encantó este blog me parece muy interesante, gracias

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Soy maestra de preescolar y durante mucho tiempo hr visto colegas que en su afán de RELLENAR de conceptos y contenidos las cabecitas de los niños, CASTRAN su infancia, olvidando la importancia del juego como parte y derecho de sud vidas. Gracias por su blog e interesantes temas que trata.

      Eliminar